martes, 12 de abril de 2011

Nada puedo decirle al silencio,
 a esta hora no tengo ganas
ni formas.
 Me resigno a él con toda la gravedad
en la panza,
y me esperanzo en él con toda la
imaginación en los dientes.


 Nada puedo decirle a un cerebro
clavado en una inmensa oscuridad
 y aunque no se si soy el clavo o el martillo
 me acuerdo de la cruz del sur,
 esa esfinge en la pared clavada como un Cristo
 en el único cuarto oscuro posible,
el único real, el universo.

Nada puedo decirle, prefiero callar,
callar al galope, a patadas,
y solo está la noche a mi alrededor
 afilando su navaja en mis tímpanos,
y  solo hay campanitas con sombras,
y ninguna luz toma un taxi,
ni engancha un colectivo,
ni viene en bicicleta.
¿Porque quedará solo esta luz quejona
y música sin aire?

Nada puedo decirle a este sonido acompasado 
que marcan las agujas disimulando entre segundos
a las cifras traidoras.
Si no hay sino susurros inertes,
pasos sigilosos que marchan en los
pies de un fantasma mudo que habita
en mi mente y sube la escalera caracol
hacia mis pensamientos.

Que nos queda en un mundo así,
que nos quedaría mas que hablarle con
señas a la luna, a ver si en una de esas 
se le da por bajar, en un sueño, 
por la ventana, o se cae redonda de cansancio,
o dobla por la esquina, revolviendo su pelo,
toda espalda, pura cintura.

Que nos queda, que nos queda en un 
mundo así mas que esperar al alba para
escuchar al pajarito sordo que silba
el himno a la alegría.




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