martes, 10 de mayo de 2011

Tormentas.

Y me arrimaba a la tormenta desde el umbral
para oler la lluvia, ese olor a pez o a barco
que brota desde el barro como la tierra.
Ese olor a lluvia que uno no llega a comprender
nunca como llega a ser olor.
Y me arrimaba a la tormenta, para contemplar
el gran clavado de las hojas en que encontraría
al pájaro oculto entre las ramas o como río
en el cielo.
Y me arrimaba a la tormenta, despacito, como un nene 
que le saca las rueditas a la bici y va a probar hacer 
equilibrio por vez primera.
Con el paraguas abierto por las dudas,
sobre la cuerda floja del reflejo de un charco,
solamente para salpicarme con sus pensamientos,
 para salpicarme el pelo,
los píes, las medias, los pasos.

Y de repente un trueno, como un verdadero terremoto en el cielo.
Y   entre el olor del agua aparecía su perfume mucho mas
fuerte que toda la lluvia, o se paraba frente a una vidriera
y me temblaban el salario y las horas extras mientras
todavía quedaban chispitas del trueno.
Y era su lapsus de vanidad espejito a espejito
de mujer hermosa .
 O luego como pinchazos 
un manantial de relámpagos que se empozaba
en el cielo y yo saltaba como loco
del mate la silla y el cuelgue
a desenchufar los artefactos ante las explosiones.

Y me arrimaba a la tormenta, como una aventura,
como una ventana,
y si el chaparrón hacía silencio 
 era porque la furia había desembocado
al llanto y las goteras filtraban el techo,
 como el fuego del sol que se filtraba apenas
entre las nubes por un ratito aunque sea ,
para que los abismos se enciendan en su sexo
como el mar,
 y para que en una brisa aparezca 
la sirena que la habitaba  y un canto
encantado envolviera a todos los tornados.


Hasta que finalmente me hundía
en la tormenta, como un buzo
viceversa me anclaba en la tormenta
dispuesto a pescar
un océano del tamaño de sus ojos;
 que se cerraban profundamente
cuando todo ya devenía  en garúa.





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